viernes, 24 de agosto de 2012

AMANECIENDO EN LA SAGRA (17/18 DE AGOSTO 2012) II

Al día siguiente levantamos el campamento sobre las siete menos cuarto. Aún estaba oscuro pero el amanecer era inminente.
Pero no tuvimos suerte. El día amaneció encapotado y el sol brillaba por su ausencia...cuando apareció entre brumas y nubes, estaba tan alto que ya no fue posible echar ninguna foto del amanecer que mereciera la pena. De hecho, había una luz difusa, tan poco favorable a la fotografía, que apenas tomé unas instantáneas. No obstante, he aquí algunas, minutos antes de que David, Jesús y Pepe nos abandonaran.

Aconsejo echarle un vistazo al libro gordo de visitantes de la Sagra.
Se encuentra uno con cosas curiosas y a verdaderos artistas del dibujo. Este concretamente, había llamado la atención de nuestro amigo Pepe, y en verdad que el dibujo era para enmarcarlo.
Recogiendo los bártulos del vivac...

 Nuestros amigos, antes de marcharse...
 Emprendiendo el regreso...
Cuando nos quedamos solos, decidimos acabar con los restos de la cena de la noche anterior. Más que nada por aligerar el peso de nuestras mochilas...y en esas estábamos cuando el primer grupo apareció a lo lejos...eran cuatro senderistas muy simpáticos, con los que compartimos un buen rato de conversación. 
He aquí al conde, en agradable charla con los susodichos amigos...
Nos hicieron una foto al conde y a mí...
Me hacía ilusión hacerme una foto en el vértice geodésico de La Sagra con esta camiseta...
Y luego sucedió un hecho realmente extraordinario; no se si por efecto de la camiseta o consecuencia del vino y el almuerzo de unos minutos antes, pero sentí el típico retórtijón en el estómago, síntoma evidente de que requería un vaciado de vientre inmediato.
Recordé las palabras de Cervantes, mientras escribía el Quijote, cuando dijo: "En este sagrado lugar, donde acude tanta gente, hace fuerza el más cobarde, y se caga el más valiente..."
Y en esas estaba, alejándome con premura del vértice, buscando un reservado a salvo, de miradas indiscretas que pudieran a mis nalgas sorprenderles cuando de pronto...tropecé con algo.
Iba envuelto en plástico de burbujas, y al descubrir lo que escondía, casi me da un patatús del susto.
Era una estatuilla cuyo rostro de mala leche hizo que, entonces sí, me cagara a las patas abajo...se trataría del guardián de la Sagra...?
 Les presento a este picoleto bautizado como Anacleto Malasaña, el guardián de la montaña.
De ahora en adelante, no quedarán impunes, esos grafiteros que se dedican a pintarrajear el cilindro del punto geodésico o su pedestal, y dejar huellas inequívocas de su paso por la montaña, arrojando todo tipo de porquerías que ensucian y contaminan el medio ambiente. En lo sucesivo, Anacleto Malasaña, protegerá de gorrinos e inconscientes, a todas las sierras de España. 
Al menos, por las que no ande yo muy lejos.
Era momento de emprender el regreso. Decidimos hacerlo por el collado de las víboras, un itinerario a priori menos vertical, aunque más largo, y disparé esta foto a nuestros amigos que aún permanecieron unos minutos más en la cumbre de la Sagra.
Entre tanto habían ido llegando nuevos grupos y otros que estaban a punto de coronar. Lo cierto es que el punto geodésico de la Sagra, comenzaba a cobrar los tintes propios de una romería; tal era el ambiente festivo que se respiraba en la cima...
Auténticos esforzados del camino...subiendo por el embudo.
Bonita estampa del conde, cargado con todo su equipo
En esta instantánea se puede apreciar bien, la dureza que entraña subir por el embudo, una subida solo apta para titanes... 
Otro grupo de esforzados visitantes subiendo por el collado de las víboras...lo cierto es que alegraba el espíritu comprobar tanta devoción de la gente por la montaña...
En definitiva, una experiencia preciosa en la que he quedado arregostado de repetirla. Se lo decía al conde en el camino de regreso...llevamos apenas unas horas fuera de casa y es que parecen días, que es lo que suele ocurrir cuando los momentos que vives son muy intensos y los aprovechas al máximo. Bien es cierto, que con el cansancio acumulado, el poco dormir, el calor axfisiante, el vinillo del almuerzo que comenzaba a causar estragos, en fin, la apasionante experiencia vivida, pues el retorno se nos hizo algo pesado ya que llegamos a los collados de la Sagra completamente exhaustos. Para colmo de padecimientos varios, casi tuvimos que salir por patas al ocurrírsele al conde darle de beber a Ramón en los abrevaderos del cortijo del collado de Abajo...uno de los moradores de este cortijo que estaba por las inmediaciones, salió cagando leches detrás de nosotros que tuvimos que apretar el paso para que no nos descalabrara con una piedra, que ¡buena es la gente del campo cuando ven amenazadas sus haciendas...!, que hay que comprenderlo porque La Sagra y sus fincas colindantes son propiedad privada y con el auge que están tomando las visitas a la Sagra últimamente, es quizá comprensible que los lugareños, ante la afluencia masiva de caminantes, no nos vean precisamente con buenos ojos. Está claro que todos tenemos derecho a disfrutar de las excelencias cuasi epopéyicas de una subida a la Sagra...pero tanta gente como subimos y bajamos por ella, estamos favoreciendo sin duda el ineluctable proceso de erosión que actualmente sufre.
No hay más que darse cuenta en algunas de las primeras fotografías de esta cronica, como se nota bien a las claras la inconfundible "huella" del hombre, verbigracia, la pedrera, que se ha convertido en un inmenso tobogán por donde las aguas en torrente tienen que descender con una violencia inusitada.
 El conde intentó apelar con aquel buen hombre, al sentimiento cristiano del "dad de beber al sediento", aunque en este caso abogara por su perro, pero ante las malas pulgas de que hacía gala el buen samaritano, yo por si acaso, apreté el paso y...¡zascandil el último! No obstante, tan solo unos minutos después, pudimos, hombres y animales, saciar  nuestra sed en esta coqueta fuente, sita en los collados de la Sagra.
Y este es el recorrido de la ruta en Google, por si a alguien interesa...
¡Y esto es todo amigos, hasta la próximaaaaaaaaaa!

miércoles, 22 de agosto de 2012

AMANECIENDO EN LA SAGRA (17/18 DE AGOSTO 2012) I

Dicen que La Sagra, con sus 2383 metros, es la montaña más aislada de la península, y debe ser verdad porque una vez te encuentras en la cima, no se vislumbra, ni en sus proximidades ni en lontananza, a excepción de Sierra Nevada, claro está, otra elevación que pueda hacerle sombra a este solitario “cerro” que tiene forma de barca invertida.
  Desde el vértice geodésico, hay que bajar más de 900 metros, entre cualquiera de sus vertientes, antes de que el terreno vuelva de nuevo a ponerse cuesta arriba, y esto ciertamente es algo que la hace singular y difícil de encontrar en otras latitudes. 

Es la máxima elevación de todas las cadenas béticas, fuera de Sierra Nevada, no teniendo alrededor ninguna salvaguardia, que pueda protegerla y abrigarla de los fuertes vientos que la azotan sin piedad ni descanso, todos los días del año. 


La consecuencia de ello, es que la línea en que comienza a brotar la vegetación de pinos y demás flora de cierto porte, está si cabe a una altura inferior a la que existe en otras sierras, incluso colindantes a la Sagra. A partir de cierta altura, esta montaña está más pelada que una bombilla.

El encanto de esta regia montaña reside precisamente, en su forma y situación de majestuosa altitud, que la hace despuntar, destacarse desde cualquiera de las otras elevaciones que tiene alrededor.

A las sierras vecinas, les tiene que zarandear sobremanera el orgullo, ver a su rival, como elemento acaparador,  robaprotagonismos, que domina, que subyuga el paisaje y que atrapa, cautiva y monopoliza la mirada de los insignificantes mortales, que en su campo visual, se tropiezan con ella.

Desde luego, que experimentar una sensación así, no debe ser plato de buen gusto para ninguna montaña que se precie de serlo; máxime si también está bendecida con uno o varios dosmiles, como es el caso de la vecina sierra las cabras albaceteña.

 Pero es que, la Sagra es la Sagra y nació para ser chula y mirar a todo el mundo por encima del hombro y además, con la jactanciosa presunción y arrogancia de considerarse la más guapa del barrio.

Prueba de ello es que “todo quisque” se pirra por conquistarla y encaramarse a su lomo. La verdad sea dicha, no se requiere ser un súper hombre o una súper mujer para alcanzar el cielo en que está situado su punto geodésico. Por el collado de las víboras, familias enteras, incluidos niños de apenas 14 años, grupos de amigos de la más variopinta condición física, logran llegar a la cima y sentirse orgullosos de su proeza. Pero ojo, también hay que bajarla...nunca se puede cantar victoria antes de completar el recorrido de ida y vuelta porque bajar la Sagra, tambien puede resultar penoso y agotador. Supongo que el verdadero reto y atractivo de subir La Sagra, una vez la conoces, consiste en hacerlo con nieve. 

Aquí el auténtico aliciente para montañeros de diverso pelaje así como alpinistas que gustan de arrastrar equipo para practicar la escalada, reside en las muchas rutas que existen en su cara norte, para conquistar la cima. 
Desde las más sencillas aunque siempre exigentes desde el punto de vista del requerimiento físico, hasta las más técnicas en que será preciso equipo apropiado para la escalada.
En cualquier caso, en circunstancias normales, es una montaña muy asequible para el senderista medio, a poco que tenga algunos kilómetros de subidas y bajadas en las piernas.
De hecho, a nuestra vuelta aquella mañana de sábado, las diferentes vías para subir  y bajar de la Sagra, parecían los ascensores del Corte Inglés...la presencia de gente en esta emblemática montaña era multitudinaria.

 Pero bueno,  fiel a mi costumbre en que, a la menor ocasión me voy por los cerros de...la sagra, yo estoy aquí para hablar de mi libro, esto es, de mi aventura en compañía del bueno de FALCO, que cada vez que se junta conmigo lo hace para sufrir.

Yo tenía en perspectiva dormir una noche en la Sagra. 

Y había llegado el momento de ponerlo en práctica.

A dormir al raso le llaman “VIVAC”, y me apetecía visitar por segunda vez esa montaña tan bonita y además, estrenarme con lo de intentar planchar la oreja “ensalchichado” en un saco de dormir.
Bonitos y atrayentes alicientes que me estimulaban sobremanera para hacerlo realidad. Solo faltaba decidirme y esperar que las infernales temperaturas de los últimos días nos dieran un poco de respiro...pero no, las predicciones no eran optimistas...una ola de calor se funde con la precedente y así llevamos todo el verano, achicharrados de calorina y entre tanto, ni una gota de lluvia que nos refresque.¡Pobre y vana excusa la del calor...!


La idea era subir a media tarde, por el bosque vertical y llegar con tiempo suficiente para echarle unas fotos al atardecer y luego más tarde al amanecer.
Me llevaría comida suficiente para cenar y luego almorzar, y una vez culminada la experiencia, regresaría a casa, con el alma y el espíritu henchidos de gozo. 


Cuando le comuniqué al conde mis intenciones y me dijo que la idea le encantaba y que se vendría conmigo, no pude por menos que saltar de alegría. En cierto modo, imaginarme allá arriba, aunque fuera acompañado de mi Viky, en medio de la noche, escuchando todo tipo de inquietantes sonidos nocturnos, me producía un poco de repelús.

¿Y qué echar en la mochila para una experiencia así...?
Tuve que pedir prestada una del tamaño XXL, un mochilón por mejor decir, así como un saco de dormir de "menos diez grados".  
¡Recórcholis! ¡Ni repajolera idea tenía de que los sacos de dormir se pueden clasificar como los anticongelantes...!
Y pesaba un güevo.
¡Y ropa de abrigo que arriba hace frío!, me decía el conde.
Menos mal que seguí sus indicaciones, porque, en efecto, nada de la ropa que me aconsejó llevara, la echamos de más.
Pero también queríamos zamparnos una opípara cena una vez llegáramos arriba, así como en el desayuno, las sobras que pudieran quedar de esta, de modo que, convenimos en que yo me llevaría algunos fiambres y una botella de buen vino para celebrar el evento y el conde, una tortilla de patatas que le haría su madre.
El bochorno reinante de aquella tarde era ciertamente apabullante.
Se freían los pájaros.
Cuando sopesé la mochila, me entró la risa. 
Con esto a las costillas no aguanto yo ni medio kilómetro.
Ya sentía un preocupante retorcimiento de los músculos de mi espalda al deambular con ella por los pasillos de casa para comprobar el peso. ¡Uffffffff!
Se me ocurrió pesarla en la báscula del cuarto de baño...16 kilos cien gramos. Joder, ¿eso es mucho o poco?
Entonces recordé que mi mujer siempre dice que la báscula debe estar rota, que "pesa de más". No dejaba de ser un consuelo. 

Cuando apareció el conde con la suya, me ofreció la viva estampa del temporero que espera el tren en la estación "del Carmen" rumbo a la vendimia de Francia. Aquello pesaba un quintal.
Entonces me dio vergüenza quejarme del peso de mi mochila.
¡Que diablos llevas en la mochila!
¡Ya te enterarás!, me responde.
¡Ah, los limonesssss!
Tuvimos que dar media vuelta a por los limones.
Entonces comencé a sospechar.

Dejamos el coche en los collados de la Sagra, y con emoción, no exenta de cierta ansiedad, iniciamos la marcha.
Las diecinueve treinta horas. Muy tarde ya.
No había subido nunca por el bosque vertical aunque sabía que era una ascensión exigente que se endurecería terriblemente por el gran peso que portábamos, así que, aún no habíamos llegado al centro astrónomico de la Sagra cuando ya comprendí que debía decir adios a mis intenciones de llegar a tiempo de fotografiar la puesta de sol desde lo más alto de la montaña. 
Una bonita toma del Castellón de los Mirabetes...
Íbamos cargados como mulas absortos en nuestra conversación.
Como a veces suele ocurrir que el contacto con la naturaleza te libera y despierta tu más impúdica locuacidad...rajábamos como cotorras chismosas de nuestros conocidos más allegados.
Los pusimos a caldo, y luego les dimos otra vueltecica más en la olla hirviendo de nuestros cotorreos.

Nos liberámos de parte del peso emocional que podíamos arrastrar, aunque no del físico,  que nos encogía y agarrotaba, cada vez, un poquito más. Yo ni fuerzas tenía ya para seguir echando fotos y nos quedaba todavía un mundo para llegar a las primeras estribaciones del bosque vertical.

Pero por fin llegamos.

Antes de comenzar las primeras rampas, decidimos echar un descanso, liberándonos por unos instantes de la pesada carga de nuestras fardos. La oscuridad comenzaba a envolvernos.
Había llegado el momento de utilizar las linternas.
 
El conde comenzó a mascullar entre dientes. 
Conocía la subida pero "aquellos primeros metros no le sonaban..."
Yo me había bajado el track de Wikiloc e iba tranquilo.
Nos habíamos encontrado diversos cruces y el garmin me indicaba casi al milímetro que íbamos sobre la pista correcta.

El bosque se ofrecía siniestro, tenebroso, solo iluminado por la exigua luz de unos focos que parecían erráticos...los enormes pinos semejaban gigantes acechantes, inverosímilmente rectilíneos sobre el plano cuasi vertical del terreno en que estaban plantados. 
Nunca nadie bautizó a un monte con mayor rigor y exactitud.
Sentí una vaharada de axfisiante calor recorriendo la inminente noche, que atenazaba y oprimía los resortes de mis capacidades físicas. En algunos momentos había que escalar, aferrándose con uñas y dientes a cada raíz sobresaliente, cada roca, cada pino que pudiéramos abrazar para impulsarnos...el peso y la inexorable ley de la gravedad pugnaba por arrastrarnos al abismo; comenzamos a pensar que subir por allí y de noche había sido una temeridad. 
Una decisión no lo suficientemente ponderada. Pero ya era tarde para lamentarse y mucho menos para reprocharse nada. 
Allí estábamos, solos ante el peligro, intentando mantener la calma suficiente para no dar un traspié, resbalar y ser engullidos por el oscuro precipicio. Próximos al collado de la sagra chica, existe un enorme pino laricio cuyo terreno previo para llegar a él se torna muy deslizante y escurridizo. Es un tramo vertical y por ello crítico, porque si cometes un fallo y ruedas hacia abajo, te puedes descoyuntar y partir la crisma. Existen muchas piedras sueltas, que al pisarlas, y dada la pendiente, pueden comenzar a rodar, coger velocidad por el despeñadero y si te alcanzan en su camino...te pueden arrastrar al infierno. Es el típico tramo en el que das un paso y retrocedes tres...no nos decíamos nada pero ambos sabíamos que era un punto complicado de la ascensión.
Éramos conscientes de la peligrosidad del momento. 
Conteníamos el aliento y nos concentrábamos en asegurar bien donde poníamos los pies, donde colocábamos las manos. 
Miguel Ángel ataco primero el tramo, con arduo y denodado esfuerzo hasta llegar al pino. Respiró aliviado.
Muchas piedras rodaron  mientras yo me resguardaba tras otro pino más pequeño que quedaba a mi derecha. 
Luego me tocó el turno a mí...
La tierra era negra; pequeños roedores se cruzaban a derecha e izquierda de mi modesto haz de luz. 
Los cuadriceps de mis piernas se quejaban; los machacados y resquebrajados músculos de mi espalda, se tensaban como las drizas de un barco. 
Acabábamos de sortear un paso realmente penoso y peligroso.

Nos dimos una nueva tregua en nuestra particular cruzada.
Bebimos agua. Les dimos a nuestras mascotas, que parecían disfrutar como "perros en el monte".

 —    ¡Que sepas que esta no es la subida natural por el bosque vertical!, me decía el conde, mientras recuperaba el aliento.
    —    ¡Pero si estamos siguiendo al milímetro el track del wikiloc!, le contestaba yo.
   —    ¡Sí, lo que tú quieras, pero esa gente seguro que hizo la subida con nieve. Por aquí se ha hecho más dura y además, es menos recta que por el otro lado.
Sabes...?, estoy tocado, el tío del mazo me está atizando de lo lindo...estoy fundido.
No le contesté, a mí hacía tiempo que el muy cabrón me hacía la zancadilla a cada paso...

Ascendíamos en silencio. Purgando nuestros pecados en nuestra particular penitencia. Cuando uno va cascado...o tocado como hacía unos minutos me decía el conde, es mejor sufrir en silencio.
Lento y cansino andar pero perseverante, firme...constante.

Yo recordé el poema de Machado que iba tintineándome en la mente y se me ocurrió jugar con las palabras para olvidarme por unos instantes del tío del mazo.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que otro día
  has de volver a patear.
Caminante no hay camino
sino cuestarrones en el bosque vertical...



Hacía poco habían dado las diez de la noche y comenzaba a disfrutar de la aliviadora sensación de que lo peor había pasado y que el cansancio supremo pronto tocaría a su fin. 
Noche inmensamente estrellada, luces a lo lejos, signos remotos de civilización, sensación de SER y ESTAR en grado superlativo y la mejor compañía con que uno puede contar en momentos así...otro chiflado que tenga la sensibilidad suficiente para saber apreciar el mágico momento irrepetible, de sentirse fundido, en estrecha comunión con la naturaleza.

Animaba a Miguel Ángel pues al 200% de zoom ya veía en la pantalla del gepese, el punto geodésico al que rápidamente nos íbamos acercando.
Un último descanso, mirando el cielo estrellado, y de pronto...tres luces oscilantes a nuestra izquierda...
—    ¡Mira, tres montañeros subiendo por el collado de las víboras. Vamos a llegar antes que ellos para pillar el mejor sitio...!
El que así hablaba era el conde, mientras se incorporaba y se iba colocando con increíble agilidad la mochila a la espalda.
Yo tampoco me hice de rogar, sonriendo y con renovados bríos, hice lo propio, y reemprendimos la marcha sabiendo que tendríamos compañía, aquella noche, en lo alto de la Sagra.

Por arte de birlibirloque, de pronto, las mochilas se hicieron más livianas, menos pesadas y aunque se nos hicieron eternos los últimos metros hasta la llegada al punto geodésico, llegamos por fin con las fuerzas justas para darnos un abrazo, tantear el terreno, y extender nuestros sacos en el rincón más llano del vivac.
El que primero apareció fue David.
Como una exhalación, como un gamo, saltó entre aquel rectángulo de piedras apiladas en que nos hallábamos.
Nos saludamos y tras unos minutos llegó Jesús y luego un poco más tarde Pepe. Al poco tiempo, ya parecíamos un grupo bien avenido y consolidado. David, el de la derecha de la imágen es un chico de Huescar, con gran experiencia en montaña y completamente enamorado de la Sagra a la que conoce palmo a palmo. 
A su lado, Jesús, con residencia en Barcelona, aunque también de Huescar de donde son y viven sus padres, también es un consumado montañero que ha escalado los Andes peruanos, argentinos y bolivianos. Ha pateado el Atlas de la zona marroquí y los Alpes, amén de los pirineos, picos de europa y sierra nevada, que han contribuido a fraguar su actual status de montañero alpinista de gran nivel. Pepe está al lado del conde, natural de Huescar, vive en Altea y es el típico senderista ocasional, al que de cuando en cuando, se le cruzan los cables y perpetra este tipo de machadas, más que nada, por salir de la monotonía.  Se nota que es más duro que las piedras, que le gusta de vez en cuando "probarse" y obtener buena nota cuando de partirse el cobre se trata.
 Como dios que la cena que finalmente logramos cosechar, fue realmente opípara. El conde llevaba en la mochila un servicio de catering de verdadero lujo. Por eso le pesaba tanto.
Solo nos hubiera faltado a esta cita, Juan el Jabonero para que desde su mágica chistera en forma de mochila, nos hubiera completado todo el conjunto. Porque hay que ver a esta gente la cantidad de cosas que les caben en sus mochilas. 
Yo pa mí que todo eso tiene truco, porque yo es que la lleno con cuatro tonterías. Es que es para verlo. 
La mochila del conde parecía recien traída en helicóptero del mercadona. Y su madre, la hacedora de una sabrosa tortilla de patatas, un delicioso pastel de berenjena y una cuerva de melocotones, verdadero "caprice de dieu", con unos sutiles toques de canela y menta que estaba para "quitar el sentío".
Y tras su degustación, quedamos en trance y entramos en conexión directa con dios. 
De hecho, sentía que lo teníamos más cerca que nunca.  

Yo aporté un reserva navarro que estaba riquísimo y diversos fiambres que también entraron muy bien.
Para rematar tan suculenta y exquisita cena en un lugar tan incomparable como la cumbre de la Sagra, el conde se acercó al bar de la esquina y se trajo material para cuatro reconfortantes gin tonic, con hielo y limón incluido, que directamente nos hizo sentirnos en el mismísimo nirvana.
El haberse dado la vuelta para coger los limones...
¡Había merecido la penaaaaaaaaaaaa!

jueves, 2 de agosto de 2012

CENAJO

 

Continuará...